“Yo no soy fotogénico.”
Es una frase que quienes estamos detrás de una cámara escuchamos muy a menudo. A veces incluso antes de empezar una sesión: yo salgo fatal en las fotos, no sé posar, nunca me gusto…
Pero ser fotogénico no significa ser más o menos atractivo. Una fotografía depende de muchas cosas: la luz, el ángulo, el momento exacto en el que se toma y, especialmente cuando fotografiamos personas, de cómo nos sentimos delante de la cámara.
Por eso, que no te gustes en determinadas fotografías no significa que “no seas fotogénico”.
¿Qué significa ser fotogénico?
Habitualmente utilizamos la palabra fotogénico para referirnos a alguien que sale favorecido en las fotografías. Pero una fotografía no reproduce exactamente lo que vemos cuando tenemos a una persona delante. Convierte una escena tridimensional y en movimiento en una imagen fija. La distancia, la perspectiva, la iluminación o el instante en el que pulsamos el disparador pueden cambiar mucho el resultado.
Y hay otro factor importante: no estamos acostumbrados a vernos exactamente como nos ven los demás.
Por eso podemos reconocernos perfectamente en el espejo y, en cambio, sentirnos extraños en determinadas fotografías.
Entonces, ¿hay personas más fotogénicas que otras?
Hay personas que se sienten más cómodas delante de una cámara y otras que se bloquean en cuanto ven un objetivo apuntándoles. También hay quien, simplemente por costumbre, sabe qué postura o expresión le favorece más.
Pero eso no significa que exista un grupo de personas que “sirven” para las fotos y otro que no. De hecho, una misma persona puede verse completamente diferente en dos fotografías tomadas con pocos minutos de diferencia. La luz, la posición de la cámara, la expresión o simplemente haber conseguido relajarse pueden cambiar mucho la imagen.
Por eso prefiero no pensar en personas fotogénicas y no fotogénicas, sino en fotografías en las que nos reconocemos y nos sentimos cómodos y fotografías en las que no.

¿Por qué a veces no nos gustamos en las fotos?
Hay muchos motivos y no todos tienen que ver con nuestro aspecto. Una determinada luz puede crear sombras que no nos gustan. Un ángulo puede hacer que las proporciones se vean diferentes. Una expresión capturada una décima de segundo antes o después puede cambiar completamente una cara.
Y luego ocurre algo mucho más sencillo: cuando somos conscientes de que nos están haciendo una foto, muchas veces dejamos de comportarnos como lo hacemos normalmente.Nos ponemos rectos de repente. Pensamos qué hacer con las manos. Intentamos sonreír. Miramos al objetivo esperando el disparo. Y aparece esa expresión que probablemente no utilizamos en ningún otro momento.
No necesitas saber posar para salir bien en las fotos
Esta es probablemente la parte que más me interesa cuando alguien llega a una sesión diciendo que no sabe posar.
No necesitas saber hacerlo.
Mi trabajo no consiste en esperar que llegues sabiendo dónde colocar las manos, hacia dónde mirar o qué hacer delante de una cámara.
Durante una sesión os guío cuando hace falta, busco una posición que funcione mejor o propongo pequeñas acciones. Pero también dejo espacio para que habléis, caminéis, juguéis con vuestros hijos o, simplemente, estéis juntos.
Muchas veces las fotografías que más gustan aparecen precisamente cuando dejáis de pensar que os están haciendo una foto.
¿Qué puedo hacer si siempre pienso “salgo mal en las fotos”?
Lo primero es no llegar a una sesión intentando controlar cada fotografía. No necesitas practicar poses delante del espejo ni descubrir previamente cuál es tu “lado bueno”.
Sí ayuda algo mucho más sencillo: decirlo. Si hay algo que te preocupa especialmente o normalmente te incomoda delante de una cámara, puedes contármelo antes de empezar. Saberlo me permite tenerlo en cuenta y evita que pases toda la sesión pensando en ello.
También ayuda:
- escoger ropa con la que te reconozcas y estés cómodo;
- no intentar mantener una sonrisa constantemente;
- moverte e interactuar en lugar de pensar únicamente en la cámara;
- dejarte guiar cuando sea necesario.
El objetivo no es conseguir una versión diferente de ti para que salgas bien en las fotografías. Es encontrar la forma de fotografiarte sin que dejes de parecer tú.
¿Y qué pasa durante una sesión familiar?
Cuando hay niños ocurre algo que suele ayudar bastante: no tienes que estar pendiente de la cámara todo el tiempo. Puedes hablar con ellos, cogerlos, caminar juntos, jugar o reaccionar a lo que esté sucediendo. Mientras vosotros estáis haciendo vuestra vida, yo puedo ir buscando esos momentos.
Eso también hace que las fotografías de los adultos sean mucho más naturales. No buscamos conseguir una familia perfectamente colocada mirando a cámara durante toda la sesión. También queremos guardar cómo sois cuando estáis juntos.


Entonces, ¿se nace fotogénico o se aprende?
Quizá la pregunta no sea tanto si se nace o se aprende. Hay personas que se sienten cómodas delante de una cámara desde el primer minuto y otras que necesitan un poco más de tiempo. Pero una buena fotografía no depende únicamente de la persona fotografiada.
Depende también de la luz, del encuadre, del momento y de la capacidad de quien está detrás de la cámara para observar, dirigir cuando hace falta y saber cuándo simplemente dejar que las cosas sucedan.
Así que la próxima vez que veas una fotografía tuya que no te guste, quizá puedas cambiar el: “No soy fotogénico.” por algo bastante más preciso: “No me gusta cómo salgo en esta foto.”
No es lo mismo.